Esdrás

Roger Scruton fue uno de los filósofos más influyentes del Reino Unido en las últimas décadas. El decía que "La cultura es un depósito de conocimiento ético".

Para este pensador británico la cultura es la memoria acumulada que nos dice quienes somos y como debemos vivir. En este sentido, la identidad no es algo que el individuo construye de forma aislada o puramente autónoma como suigiere el liberalismo moderno. La cultura es algo que se recibe y se nutre a través de la pertenencia a una comunidad local. Una tragedia de nuestro tiempo es la perdida de este local que es nuestro hogar o casa espiritual.

Al hablar de cultura es importante tener conciencia de la oikofobia; es el repudio de la propia herencia. Es desechar lo que tenemos, es el rechazo de la cultura local y de las instituciones tradicionales; es la practica del repudio, es la antítesis de la oikofilia que es el amor al hogar. Es la disposición de proteger de querer bien lo que es nuestro porque nos pertenece porque es parte de nuestra responsabilidad.

¿Cómo ocurre esto?

1. Rechazo de lo local. El individuo se distancia de su comunidad de origen para sentirse iluminado, diferente.
2. Búsqueda de lo ajeno. Se idealizan culturas, sistemas, ideologías exóticas, simplemente porque son de los otros. No es nuestro. Pero, al mismo tiempo que se busca lo ajeno, se critica lo que nos pertenece.
3. Asalto a la tradición. Se socaban, se suprimen los símbolos, los ritos, las enseñanzas que articulan la vida comunitaria. Se desmantelan instituciones, se desacredita la memoria colectiva dejando al pueblo expuesto, errante, desarraigado, sin la casa espiritual que lo sustentaba y que le daba sentido.

Para el oikófobo las instituciones, desde la religión hasta el sistema educativo, son percibidos como estructuras de opresión que deben ser destruidas, demolidas. No las miran como lugares o legados sagrados que debemos reformar, si es necesario; pero cuidar con prudencia, preservarlos porque tenemos generaciones que nos siguen.
La cultura del repudio, la oikofobia mantiene al individuo como que en una rebelión adolescente constante.

Oikofobia - El desprecio del hogar

Toda denominación religiosa nace de un oikos, de un hogar, de una casa espiritual, esto es formado por un conjunto de doctrinas, de himnos, de ritos, de formas de piedad y todo este conjunto da sentido y da cohesión a la comunidad. Pero con el paso del tiempo, ocurre una erosión, la pérdida de identidad.

¿Cuáles son los síntomas?

La pérdida de identidad comienza cuando las personas empiezan a ver sus propias tradiciones como 'anticuadas', 'vergonzosas' o 'estrechas' en comparación con las tendencias del mundo secular o de otros movimientos más populares. Surge entonces, un extraño impulso posmoderno de despreciar la propia casa, de renegar la propia herencia familiar para ser apreciado por los de afuera.
El oikófobo declara:
- No quiero las doctrinas de mi iglesia
- No quiero los himnos de mi iglesia
- No quiero los ritos de mi iglesia
- No quiero la piedad de mi iglesia
- Yo quiero otra iglesia.

Se busca lo innovador, se busca lo relevante y con ello, se abandona la fidelidad que sostiene la comunión y la piedad. Enseguida ocurre la deconstrucción sin la reconstrucción. El oikófobo es hábil en criticar, pero es incapaz de edificar. El oikófobo ataca los pioneros a los principios fundacionales de la denominación. Bajo la bandera de la 'actualización' y la 'relevancia', desmantela la herencia doctrinal hasta dejar a la comunidad habitando una casa sin paredes.

¿Cuales son las consecuencias?
- Una denominación que reniega de su historia y así pierde su autoridad moral, pierde su razón de ser, pues, si nos igualamos al mundo circundante ¿Que necesidad tenemos de una identidad propia que proclame la verdad y sostenga la vocación del pueblo de Dios?

¿Cual es el paso siguiente?
Se sale de la doctrina y se va al sentimentalismo universal. El oikofobo prefiere las lealtades abstractas y universales que las lealtades locales y concretas. Así, en la iglesia, se abandona las doctrinas distintivas (las que separan y definen a nuestra iglesia) y se busca, digamos, un vago amor universal, un activismo social desarraigado, que no exige compromiso con la fe particular; ósea, se abraza todo, toda idea y práctica son permitidas. Esto ocurre porque la oikofobia prospera en la amnesia histórica. El olvido de los sacrificios de los pioneros de nuestra iglesia facilita con que las nuevas generaciones desprecien su herencia y sin memoria de lo que sucedió, sin recuerdo de quienes formaron el legado, no puede haber futuro sano, ni una identidad que sostenga la vocación del pueblo de Dios.

El adventismo es una cultura del reino, es un deposito de verdades proféticas y de estilo de vida que nos dan hogar (oikos), y que nos dan sentido.
Vivimos presionados por la pos modernidad que procura convertir al pastor en un gestor de eventos, en motivador de multitudes, alguien que está constantemente innovando. El problema es que la innovación constante nos lleva al riesgo de olvidar lo que era original, lo que era nuestro. Cuando la identidad se vuelve líquida, y sujeta a la continua reinvención, el pueblo se pierde, el pueblo se desorienta y pierde el rumbo de su vocación.

¿Qué hacer?

Pensemos en Esdras. Porque fue un líder singular, fue un erudito consagrado. Artajerjes lo llamó: "Entendido en la ley del Dios del cielo" Esdras 7:12.
Como pocos comprendió que la libertad del pueblo de Dios no consiste en la asimilación cultural, sino en la recuperación de su identidad espiritual.
Esdras no volvió de Babilonia con una programa de novedades, sino con un proyecto de restauración. No estaba preocupado en hacer algo nuevo, estaba preocupado en volver a lo que se había perdido. Su identidad no se basaba en la originalidad, sino en la fidelidad.

¿Cuál era el diagnóstico de la época?

Esdras llega a Jerusalén y encuentra una crisis de identidad. EL pueblo no ha dejado de ser 'judío' de nombre, pero ha perdido el conocimiento ético de su fe. Llamamos a esto el síndrome de Babilonia. El pueblo se ha mezclado con las otras naciones, se ha olvidado del pueblo del idioma de la promesa y ha asimilado costumbres extrañas, no queda rastro del oikos, al contrario reina el repudio.

¿Qué hace Esdras?
Para fortalecer la identidad, no recurrió a un nuevo plan de marketing, ni a un complejo plan estratégico. El propuso un protocolo de restauración con tres pasos inmensamente sencillos.

"Porque Esdras había preparado su corazón para estudiar la ley de Jehová y para cumplirla y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos" Esdras 7:10.

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