La Historia y la Filosofía de la historia

 By

Gary Land

“Historia” es una palabra que recuentemente emplcamosen lugar de

casualidad, sin pensar con cuidado en su acepción verdadera. Muchas veces solemos decir: "La historia nos enseña...

y entonces presentamos alguna lección moral, política o religiosa. Pero ¿qué es lo que realmente queremos decir al formular tales declaraciones? Estamos seguros de saber exactamente lo que ocurrió para que podamos obtener la lección adecuada? Aun si conociéramos los acontecimientos con bastante precisión, ¿cómo podríamos determinar qué aspectos son los más impor

tantes? ¿O los eventos, por sí mismos, ya están categorizados? Se podrían añadir más preguntas, pero consideramos que son suficientes para darnos cuenta de que al decir "la historia nos enseña" estamos hablando de cosas bastante ambiguas y complicadas.

En gran medida se suscita esta situación porque la palabra "historia" es, en sí misma, semánticamente imprecisa. En inglés y en otros idiomas modernos, "historia" tiene una doble connotación: En primer lugar se refiere a cualquier hecho del pasado, sea que se trate de un acontecimiento relevante, como la caída de Constantinopla o la Guerra Civil Norteamericana, o de uno de menor importancia. En sentido estrictamente literal, aun los actos más prosaicos e intrascendentes de la vida como comer, dor-mir, vestirse o trabajar están incluidos en la totalidad de la historia.

Obviamente, no podemos registrar "todo lo que ha ocurrido" dentro del campo de la historia, mucho menos descifrar el significado de todos los acontecimientos. Por lo tanto, en su segunda acepción, "historia" se refiere a la memoria de lo que ha ocurrido en el pasado. En algunas culturas tradicionales, la transmisión de esta memoria ha sido encomendada a personas especialmente escogidas que preservaban palabra por palabra la historia de sus pueblos y la comunicaban a las nuevas generaciones por tradición oral. En las culturas más avanzadas que han conocido y dominado la es-critura, obviamente, la transmisión ha ocurrido de manera escrita.



Ahora la humanidad cuenta con el legado cultural de diferentes pueblos del mundo como el de los hebreos, a través de los escritores bíblicos, o el de los griegos, mediante sus filósofos e historiadores desde los tiempos de Herodoto. La historia tradicionalmente tenía una connotación muy amplia, porque abarcaba los diferentes aspectos de la vida; sin embargo, durante los dos últimos siglos, el estudio académico de la historia se ha concentrado más en el propósito de evaluar críticamente el estado de nuestro conocimiento y las posibilidades de su expansión. Los profesores e investigadores de historia somos parte de esta empresa académica. En cierta medida, somos los guardianes de la memoria de la sociedad. La transmitimos mediante la enseñanza o la investigación publicada en libros y revistas. Esta es una tarea desafiante.

¿Por qué estudiar historia?

Los profesores de historia hemos tenido que enfrentar alguna vez la siguiente inquietud estudiantil: "¿Por qué tenemos que estudiar tantas fechas y personajes y estos temas tan densos y a veces aburridos?" Aunque nuestras respuestas y opiniones no sean las más satisfactorias, necesitamos identificar las razones que demandan nuestro esfuerzo y nuestra atención para ocuparnos de la historia.


Como ya lo expresamos, la historia es la memoria de la sociedad.


Todos, alguna vez, hemos oído de personas que sufren de amnesia e ignoran quiénes son; por lo tanto, no pueden desempeñarse normalmente en la vida. Ocurre algo parecido cuando un pueblo desconoce su pasado y por consiguiente, no puede funcionar adecuadamente. Sería impensable cómo podrían intervenir los políticos y los diplomáticos en los conflictos entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte si no conocieran los antecedentes históricos de tal situación. Por lo menos necesitarían estar enterados de cómo han llegado a convivir ambos grupos en esa parte de Irlanda, qué problemas se han suscitado hasta el presente, qué intentos se han realizado para encontrar soluciones, y por qué esos intentos han fra-casado. Si leyéramos en los diarios algunas noticias referentes a la situación irlandesa se nos haría muy difícil comprenderla si no conociéramos sus antecedentes. Por ejemplo, apareció en el New York Times el siguiente titular: "Las conversaciones de Irlanda llegan a un acuerdo para detener décadas sangrientas al compartir el poder de Ulster I La frase "décadas sangrientas" sugiere sumariamente un conflicto prolongado, y si queremos entender el contexto histórico de la situación, necesitamos conocer por qué un gobierno laborista ha ofrecido la posibilidad de una dirección



Diferentes a la política británica.

Pero otro titular en el mismo periódico “Adquisición en Kentucky (USA) por Ohio Bank no significaría virtualmente nada para nosotros si no estuviéramos enterados acerca de la historia de los bancos en Ohio o Kentucky, o no tuvieramos ninguna información de lo que ha sido el patrón de conducta de la fusión de los bancos en los años recientes.


Algunos historiadores sostienen que el conocimiento del pasado ofrece lecciones para el futuro. Historiadores de la antigüedad clásica como Tucidides (c. 460 - c. 400 a.C.) y Tácito (c. 56 - 117 d.C.)' pensaron que mediante el estudio de la historia podríamos aprender principios de gobierno de un estado o normas de moralidad que podrían servir de guía para la conducta futura.* Los historiadores más recientes han reaccionado contra tales supuestas lecciones después de considerar el desarrollo y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra de Vietnam y sus implicaciones para la política estadounidense.

En lugar de ello, han señalado la complejidad del pasado y la ausencia de paralelismos entre un acontecimiento o una serie de acontecimientos con otros.

Pero rechazar la función aleccionadora de la historia no significa que ella sea carente de utilidad. Gerda Lerner, que había ejercido la presidencia de la Asociación Norteamericana de Historia, sostuvo una opinión con la cual pocos estarían en desacuerdo: "El asunto principal que puede enseñarnos la historia es que las acciones humanas tienen consecuencias y que ciertas decisiones, una vez tomadas, no pueden anularse. Cancelan la posibilidad de adoptar otras decisiones y, de este modo, determinan los eventos futuros". Enfocando el asunto desde un ángulo diferente, Paul Gagnon argumenta que la historia nos ofrece juicios llamándonos la atención hacia "la tragedia, la comedia, la paradoja y la belleza" de la existencia humana.?

La historia también permite que nuestro entendimiento y nuestra conciencia se proyecten más allá del presente, tanto en el tiempo como en el espacio. Así como un viaje nos pone en contacto con otras personas y sus costumbres, así también la historia nos descubre la enorme variedad de formas como la gente vivía y pensaba. Después de haber aprendido más de la cultura de los mongoles nómadas, o de la civilización avanzada de los incas, o de las condiciones sociales de la industrialización británica, no podríamos considerar como norma para evaluar las otras culturas la nuestra, aunque nos sintamos cómodos viviendo en ella. Cuanto más conocemos la vida de la gente en el pasado, tanto más se expande nuestra




comprensión de las posibilidades humanas. Y al entender el desarrollo de las otras religiones del mundo, aprendemos a comparar y a relacionar nuestra fe con la de otras personas.

Tal comprensión no se dirige solo a lo externo. No estamos aprendiendo simplemente acerca de los "otros". El estudio de la historia nos ayuda a entendernos a nosotros mismos. Así como llegamos a comprender mejor nuestra propia identidad mediante la interacción con los demás. también la interacción con el pasado nos brinda una mejor comprensión de nosotros mismos y de nuestra sociedad. De acuerdo con Arthur Mar-wick, la historia satisface "la necesidad que la sociedad tiene de cono. cerse a sí misma y de entender su relación con el pasado y con otras sociedades y culturas"8 De manera similar, Lerner identifica la perspectiva como el elemento clave que nos ofrece el pasado: "La historia nos da un sentido de perspectiva acerca de nuestra propia vida y nos anima a trascender el período limitado de nuestra existencia al identificarnos con las generaciones que han vivido antes que nosotros y comparar nuestras acciones con las de los que vendrán".?

Para los cristianos, entender la importancia de la historia les resulta especialmente relevante. Una gran parte del Antiguo Testamento es his-tórica, e incluye los acontecimientos de Abraham, del éxodo y la subsecuente historia del pueblo hebreo. Pero el Nuevo Testamento presenta lo que C. Stephen Evans llama la "narrativa encarnacional",1° a saber, el na-cimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, y estos eventos históricos se convierten en el centro de la fe cristiana. Como Herbert But-terfield escribe:



El cristianismo es una religión histórica, en el sentido técnico del término, porque sus doctrinas religiosas están fundadas en los acontecimientos históricos o en sus interpretaciones. Esta realidad nos confronta con el asunto de la Encarnación, la Crucifixión y la Resurrección, cuestiones que van más allá de los recursos científicos de los historiadores -como realmente ocurre con muchos otros temas, pero tiene implicaciones en cualquiera de las formas tradicionales y reconocibles del cristianismo, que ha enraizado sus aseveraciones más características y osadas en el mundo ordinario de la historia con lo cual el estudiante está interesado.!!



Además, el conocimiento de la historia eclesiástica que comienza con Hechos de los Apóstoles en el Nuevo Testamento- nos ayuda a entender las expresiones multifacéticas del movimiento cristiano. Por ejem-plo, si estudiáramos aunque fuera de manera superficial la Reforma del



siglo XVI, podríamos entender por qué en la actualidad muchos cristianos son llamados "protestantes" o "católicos". Para los adventistas del séptimo día es importante comprender sus orígenes conectados con el movimiento de Guillermo Miller, a fin de tener conciencia clara, tanto de su énfasis en la segunda venida de Cristo, como de su precaución de no volver a fijar fechas o tiempos para tal acontecimiento. Como Elena de White ha escrito: "No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado nuestra historia pasada" 12

Por último, al señalar los valores de la historia no debemos olvidar que a muchos de nosotros la historia nos resulta sencillamente fascinante.

De hecho, creo que puede interesar a toda la gente pensante, porque examina el origen y destino de los seres humanos. El objetivo más importante de los historiadores y profesores es traer el pasado a la vida actual, sea ayudándonos a trasmitir las emociones y las experiencias, los pensamientos y las acciones de las personas o de los grupos, o a pensar en las causas, las tendencias o el significado de los movimientos históricos más importantes.

Hace algunos años se habló bastante acerca de la película Titanic, con sus hechos ficticios, aunque basados en un evento histórico. Mucha gente en diversas partes del mundo fue a ver la película particularmente atraída por el trágico romance de dos de sus protagonistas, pero también suscitó una discusión significativa acerca de las relaciones de clases so-ciales, del orgullo humano e incluso de la crisis de la sensibilidad mo-dera. La reacción del público a esta película y a otras basadas en eventos históricos sugiere que la gente sigue interesada en la historia. Los profesores de historia, aunque no contamos con los recursos de la industria de la filmación, necesitamos investigar las formas de explorar lo que Mar-wick describe como algo tan universalmente personal, "la curiosidad y el sentido de maravillarnos acerca del pasado".13



La filosofía de la historia

Cuando nos formulamos la pregunta, "Por qué estudiamos historia", tenemos que resolver ciertas presuposiciones conectadas con el significado o falta de significado de los hechos. Cuando empezamos a considerar el significado de los eventos del pasado, estamos introduciéndonos en la filosofía de la historia.

La filosofía de la historia se divide en dos categorías mayores: la "es-peculativa" y la "sustantiva". Ambas se relacionan con el significado úl-



timo de todo lo que ha ocurrido en el pasado y con el impacto de esos eventos, grandes o pequeños, recordados u olvidados. Este planteamiento dominó la filosofía de la historia hasta fines del siglo XIX. Hoy día, sin embargo, pocos pensadores se ocupan de estas cuestiones.

El enfoque dominante actual entre los filósofos de la historia es el que contrasta la filosofía "crítica" con la "analítica". Este esfuerzo dirige el proceso del pensamiento de los historiadores, formulando preguntas acerca de la naturaleza de los "hechos" o las "evidencias" o las "verda-des". Tales filosofías tienden a ser sumamente escépticas de todo esfuerzo por descifrar el significado de la historia y prefieren, en su lugar, analizar la naturaleza del conocimiento histórico.

Los cristianos tomamos en cuenta ambos tipos de filosofía histó-rica. La historia cristiana es en sí misma una forma de filosofia "espe-culativa", porque nos dirige hacia el significado final del proceso histórico. Pero como cristianos que escribimos y enseñamos historia a menudo nos preguntamos si hay o no un abordaje distintivamente cristiano a la disciplina; entonces resulta difícil evitar las cuestiones críti-cas. Además, no se pueden ignorar las acaloradas discusiones que se suscitan hoy entre modernistas y posmodernistas respecto a la posibilidad de que haya una verdad histórica incontrovertible y, consecuente-mente, cómo debería escribirse la historia. Aun cuando los historiadores en el pasado hayan evitado considerar las cuestiones filosóficas, dejándoselas a los filósofos, les resulta ahora virtualmente imposible no tomarlas en cuenta. Parafraseando a Carl Becker, cada historiador es en la actualidad su propio filósofo.14



La filosofía especulativa de la historia

Se han planteado cuatro tipos mayores de filosofía especulativa de la historia desde una perspectiva no cristiana.'S De entre éstas, la primera en aparecer, y la más arraigada durante la historia humana, fue la visión cíclica. Habiendo emergido en los tiempos antiguos, este planteamiento parece tener su origen en la experiencia de los pueblos agrícolas que consideraban la secuencia de las estaciones como una metáfora para sus experiencias históricas. Como había pocos cambios de generación en generación, la historia parecía ser simplemente un proceso que va desde el nacimiento hasta la vejez. En la China la visión cíclica enfatizaba el surgimiento y la caída de dinastías, mientras que en la India se la presentaba en el contexto de ciclos universales o cósmicos.

Con la llegada del cristianismo, la influencia de la visión cíclica de



la historia declinó en Occidente hasta el siglo XX. The Decline of the esto (La decadencia de Occidente) de Oswald Spengler (1880-1936), que se publicó a fines de la Primera Guerra Mundial y À Study of the His-tory'" (Estudio de la historia), de Amold Toynbee (1889-1975), que comenzó a publicarse en 1934, enfocaron el surgimiento y la caída de las civilizaciones desde diferentes ángulos. Aunque sus trabajos tuvieron pocas repercusiones en la historia académica, lograron una considerable aceptación popular al ofrecer a la gente, que sentía que su propia cultura estaba en decadencia, la idea de que en realidad era parte de un proceso cíclico más amplio de la historia universal.

Mediante la influencia del cristianismo, sin embargo, el punto de vista lineal de la historia fue imponiéndose ampliamente en Occidente sobre el concepto de la visión cíclica. Cuando el planteamiento cristiano llegó a se-cularizarse, particularmente a partir de la Ilustración del siglo XVIII, la perspectiva lineal se transformó en la "idea de progreso", que es la segunda filosofía de la historia importante desde una perspectiva no cris. fiana.I8 Con el avance del conocimiento científico, el surgimiento de un gobierno ilustrado, y el esfuerzo por la reforma de instituciones como los hospitales y las prisiones, muchos pensadores observaron un mejoramiento continuo en la existencia humana. En 1793 el Marqués de Con-dorcet (1743-1794) empezó a escribir su Sketch for a Historical Picture of the Progress of the Human Mind [Boceto del concepto histórico del progreso en la mente humana] mientras se ocultaba del "reino del terror" en Francia. I Pocas décadas más tarde, Augusto Comte (1798-1857), considerado como el fundador de la sociología, sostuvo que la humanidad había progresado en tres etapas históricas: la teológica, la metafísica y la positiva o científica.20 Comte estaba convencido de que el positivismo lograría establecer las bases de una "iglesia" en la cual los grandes cienti-ficos y otros benefactores de la humanidad serían los "santos" dignos de devoción. Leyendo el pasado a través de los lentes del positivismo, el historiador inglés Henry Thomas Buckle (1821-1862) escribió que "la tendencia marcada del avance de la civilización es fortalecer nuestra creencia en la universalidad del orden, del método y de la ley"2

Mientras Buckle escribía su historia de Inglaterra, Karl Marx (1818-

1883) desarrollaba su propia tesis acerca de la creencia en el progreso.

De sus planteamientos emergió una tercera filosofia histórica secular. En lugar de considerar la razón como el trampolín del desarrollo histórico, Marx creía que las condiciones materiales fundamentaban toda la his-toria. "La vida supone antes que cualquier cosa", escribió, "comer y



beber, habitar una casa, vestirse y muchos otros asuntos similares. BI primer acto histórico es la producción de medios para satisfacer estas necesidades, la producción de vida material en sí misma".

22 Mediante el

esfuerzo que se despliega para producir los recursos materiales necesa. rios para la vida humana, la historia llega a ser sinónimo de lucha de cla. ses con el previsible triunfo del proletariado sobre el capitalismo y. finalmente, el establecimiento de una sociedad sin clases. Mientras los exponentes de la idea del progreso propusieron un perfeccionamiento continuo, Marx puso el énfasis hacia una visión más específica de una meta de la historia.

Finalmente, mientras que los modernistas y los marxistas se disputaban el predominio en el pensamiento occidental, iba emergiendo otro con-cepto. Empezó con Johann Gottfried von Herder (1744-1803)23 a partir de 1780, y vino a conocerse como historicismo4, el cual rechazaba la noción de progreso y defendía lo que ahora conocemos como "relativismo cul. tural". Reaccionando contra el rechazo del iluminismo de los siglos me. dievales como carentes de importancia histórica, Herder y otros dijeron que cada época y cada cultura tiene valores que no pueden compararse con los valores de otras culturas. La época moderna no puede, en conse-cuencia, ser juzgada como superior a la medieval, porque simplemente son diferentes. Y por extensión, la cultura japonesa o africana no puede medirse con pautas del Occidente. Las diferentes culturas que se han des. arrollado en el curso de la historia universal son diferentes expresiones de la humanidad. Antes que ser un muestrario del desarrollo de lo primitivo a lo civilizado, o de menos a más, la historia simplemente manifiesta las varias facetas de la cultura.

A comienzos del siglo XIX, G. W. F. Hegel (1770-1831)35 combinó el concepto de Herder acerca de la historia con la idea del progreso. En su sistema complejo, la Razón (o lo Absoluto) llega a ser consciente y se expresa a sí misma mediante el proceso histórico. Por lo tanto, para Hegel la naturaleza era cíclica, la historia nunca podía ser estática porque "es-taba caracterizada por el cambio, por una búsqueda permanente de la no-vedad, y por el progreso hacia la perfectibilidad, la naturaleza de todo lo cual era, sin embargo, 'indeterminada'".,26

Aunque el siglo XX se ha visto como una época de retirada de las grandes filosofías especulativas de la historia, estas escuelas del pensamiento todavía permanecen influyentes. Las guerras mundiales y la depresión han minado mucho la idea del progreso continuo, pero han quedado algunos resabios como los del sociobiólogo Edward O. Wilson,



quien creía que un abordaje más racional y científico de los problemas humanos producirían un mejoramiento continuo.27 Por otra parte, el colapso de los regimenes comunistas entre 1989 y 1993 ha jugado un papel muy importante en la interpretación histórica y ha inducido a algunos marxistas a reconsiderar su ideología.28 Pese a todo, el marxismo sigue manteniendo una fuerte adhesión en círculos académicos, como es el caso de dos prominentes teóricos: el erudito literario Fredric Jameson y el historiador E. J. Hobsbawm.2 Pero es la herencia del historicismo la que parece tener la más fuerte influencia en la actualidad. Conceptos y frases tales como "relativismo cultural", "diversidad" y "multicultura-lismo", en conjunto, parecen negar la existencia de normas indiscutibles y finales para evaluar la conducta humana. En el contexto de estas filosofías en pugna, que de una u otra forma subrayan los libros de texto y los estudios históricos, una filosofia cristiana de la historia ofrece posibilidades alternativas. Y las cuestiones no son solo académicas y abs-tractas, sino también prácticas y concretas, porque nuestra comprensión de la historia afecta el significado total de la vida diaria. En la medida que encontremos el significado de la historia, encontraremos el significado de nuestra propia existencia. Y viceversa, en la medida que encontremos el significado de nuestra existencia, encontraremos el significado de la historia. El cristianismo tiende puentes entre lo personal y lo histórico, porque Jesús que es el Señor de nuestra vida personal, también es el Señor de la historia.


La filosofía analítica o crítica de la historia

Con la retirada de las filosofías especulativas de la historia en el siglo

XX, ha ocupado su lugar una filosofia de la historia llamada analítica o crítica. El abordaje especulativo corresponde con la noción de la historia que incluye todo lo que ha ocurrido en el pasado; en cambio el abordaje analítico prefiere la definición de la historia como una referencia a nuestro conocimiento del pasado. En suma, la filosofía analítica examina la naturaleza de nuestro conocimiento histórico.

La filosofía analítica de la historia plantea cuatro asuntos fundamen-tales. Primero, explora la relación de la historia con otras formas del co-nocimiento. Por un tiempo se consideró la conexión de la historia con la ciencia, pero con el advenimiento del posmodernismo se ha reducido considerablemente la confiabilidad en la ciencia de tal manera que muchos estudiosos de las disciplinas humanísticas no pretenden ser científicos.

En segundo término, la filosofía analítica se dedica a examinar la natura-




leza de los hechos históricos. Por ejemplo, el asesinato de Abraham Lin-coln, o el de Martin Luther King, o la publicación espectacular de las noventa y cinco tesis de Lutero en las puertas de la iglesia de Wittemberg parecían hechos aceptados e indiscutibles; pero los filósofos de la historia empezaron a cuestionar qué significan esos "hechos" a los cuales no tenemos acceso de manera directa. En tercer lugar está el problema de la objetividad y la subjetividad, la posibilidad de acceder a la verdad y su ve-rificabilidad. Los historiadores analíticos destacan el desacuerdo que existe entre una interpretación dominante de una generación con la forma de evaluar que tiene la siguiente. Con tanta diversidad de puntos de vista, es importante preguntar si será posible la objetividad e incluso la verdad y su verificabilidad en los escritos históricos. Una cuarta cuestión es la referente a la explicación. Cómo enseñan los historiadores; o para expresarlo en otros términos, qué quieren decir los historiadores cuando afirman que han explicado algo.

Aun a riesgo de simplificar demasiado, podemos identificar dos escuelas mayores de un enfoque analítico de la historia. Una, representada por la corriente de E. H. Carr (1892-1982), Morton White (1917-) y Lee Benson,3° quienes aseguran que la historia es una ciencia, o al menos potencialmente científica. Con esta convicción sostienen que mediante un cuidadoso análisis de la evidencia puede producirse un registro del pasado más o menos correspondiente con lo que realmente ocurrió. En la medida en que se pueda constatar tal correspondencia, se podrá hablar de la verdad y los historiadores tendrían cierta medida de objetividad.


Una segunda corriente es la idealista, tal como fue propuesta por Wilhelm Dilthey (1873-1911), R. G. Collingwood (1889-1943), y, más recientemente, Hayden White (1928- ).3' Esta escuela enfatiza el papel del historiador como creador del conocimiento. Desde esta perspectiva, no hay posibilidad de separar los hechos ocurridos de la mente del historiador que los estudia. La objetividad no es posible ni aun deseable, porque como seres humanos estamos estudiando a otros seres humanos y nos identificamos tanto con el asunto que nos colocamos en una situación muy diferente de la del científico. En su forma más extrema, representada por el posmodernismo, este punto de vista categoriza el conocimiento histórico como ficción, afirmando que está moldeado por intereses de clase, género o raza. La mayoría de los historiadores, que generalmente no están demasiado interesados en las controversias filo-sóficas, probablemente se encuentren en la posición intermedia, consi



derando la historia como una ciencia y también como producto de la

creatividad humana.

Aunque resulta evidente que existe una visión cristiana de la historia equivalente a las filosofías "especulativas", es menos obvio que haya una versión cristiana de una filosofía "analítica" de la historia. Y aunque alguna vez nos refiramos a una "perspectiva cristiana" del pasado, o inquiramos acerca del significado de una "cosmovisión cristiana" de los escritos históricos, en realidad estamos planteando cuestiones analíticas.

Además, la acalorada discusión dentro de la profesión histórica acerca de

"decir la verdad de la historia"32 nos obliga a examinar cuidadosamente las bases teológicas o filosóficas de la enseñanza y la escritura de la his-toria. La importancia del significado de la historia para la creencia y la práctica cristianas, y para los fundamentos mismos de la fe, nos demanda que examinemos con mucha seriedad y cuidado estos asuntos. En los capítulos que siguen, no pretendemos dar respuestas definitivas a todas estas cuestiones; pero es nuestro deseo aclararlas y sugerir posibles respuestas compatibles con nuestras creencias bíblico-cristianas.



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